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La bolsa grande, las esferas de colores, los árboles como las flores de plástico se regalan en pleno invierno, la nostalgia bien afinada. La Navidad ¿cómo motivo?, ¿cómo excusa para ser mejor persona?, ¿cómo momento para creer?, ¿o para ser el más hipócrita de todos?

Un debate que se abre, en torno al deber, como si fuéramos el hombre de Cro-Magnon con un Stradivarius. Esa imagen que nos persigue, porque todos conocemos a los que no creen pero van a dormir temprano la noche del 5 de enero, puesto que los tres viajeros de Oriente tienen preparadas las alforjas. El que acepta simplemente porque cree que conservar ese lugar sagrado de cuando éramos muy otros, es bueno, o incluso el que reniega de ese estadio de felicidad permanente y se dedica a tachar otro día más en el calendario que, por defecto, pasa a perder números como igual hojas la conífera artificial de la que penden aquellas esferas de colores.

Es una creencia selectiva, una evolución del Scrooge de Dickens, una suerte de propósitos que no se alinean más que con otra tanda de preguntas que se quedan sin responder.

La parte que huele a chamusquina es esa que se lee en la letra pequeña de las sonrisas que aparecen en los anuncios, en los apretones de manos que normalmente no ves, o en algunos partidos políticos que ven en la nostalgia una oportunidad para colarse en esa parte blanda del corazón y, desde ahí, imaginen. Es mucho más fácil horadar de la pituitaria al talón de Aquiles en cero segundos.

A ver si vamos a terminar en ese punto que dice que la Navidad es de todos, como el campo. Y si no tiramos papeles al lado de una flor…

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