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Puede que a estas alturas todas las palabras que se añadan al tema que ha monopolizado la actualidad en las últimas semanas suenen ya a dichas, que todas las aristas del escándalo ya hayan sido analizadas, que cualquier añadido roce, pise o se revuelque en lo demagógico. Pero es que la pataleta es de lo poco que nos queda.
En este país todavía sigue vive esa generación de personas de origen humilde que se vieron obligadas a trabajar aun teniendo edad más propia para seguir jugando. Hombres y mujeres que relegaron sus aspiraciones intelectuales por debajo de necesidades más básicas, y que se encargaron de recordar con constancia a sus hijos que estudiaran, ya que ellos podían y se lo debían.
Una generación viva de trabajadores que vieron nacer el derecho democrático a la educación pública y accesible. Que lo vieron crecer y que sintieron algo más que orgullo cuando sus vástagos franquearon las puertas de una universidad. Aquel era un símbolo que venía a redimir cierta injusticia. Tener que dejar de lado un juguete había valido la pena, había servido para algo hermoso.
Puede que, como dicen desde arriba, estén sucediendo cosas peores. Es más que probable. Pero también lo es que ni siquiera esa generación ha tenido tiempo a desaparecer para que aquel bonito sueño empiece a morir.Vista previa del slug:

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