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Ni contigo, ni sin ti

José Luis Spinosa

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Ya hay quienes hablan de castillos en el aire y de aranceles impropios. Surgen de las piedras los detectives de las inclinaciones más estrambóticas y que buscan paz en la desigualdad de los códigos de barras, los que igual abrazan a la razón y a la desmemoria y que amablemente son capaces de convertir un vientre ahíto de gloria en uno repleto de orgullo.
Tan difícil medir el criterio, como encontrar un abuelo sin prudencia. Y es que el rasero de lo lógico a menudo se pega con el que termina siendo real, o estableciéndose como «lo que dijo el pueblo». O de cómo oponerse a aquellas causas donde se entra con gusto y se sale con gasto.
Somos, por tanto, pasto de la caspa y de una absurda melancolía que reserva la discreción para las noches de luna. De las venganzas de cinco y de los disfavores de siete, que sumados dan como resultado desunión.
Porque lo de plantear ir al lago a tirar piedras para ver cómo saltan está tan fuera de lugar como esta misma frase aquí en medio.
Distinto es que preguntáramos uno por uno, o volviéramos a colocar botones en nuestros hogares para elaborar, como en Fuenteovejuna, el «dilema del prisionero», pero no como se elabora en las empresas, sino como lo elaboró el Joker para El caballero oscuro en aquellos dos ferrys en medio de la nada de Gotham. Suma, no nula, decía…
Resumiendo o abusando de nuestras capacidades de síntesis, que eso se nos da muy bien.
Está claro que podemos ser independientes y escoger traicionar al vecino, pero todos los implicados obtienen un resultado óptimo cuando se juega en equipo.
Lo sabe un niño de ocho años y lo desaprende un adulto de cualquier lugar del mundo.

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