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  En algún momento de la evolución, dimos por hecho que la velocidad es una cualidad positiva y a ella hemos claudicado en quizás demasiados ámbitos. Llegar antes, ser el primero, anhelar lo instantáneo… El progreso tecnológico en gran medida se ofusca por acortar los tiempos (las versiones sucesivas se jactan siempre por ser más rápidas que las anteriores) y la sociedad, inoculada con ese gen velocista, parece vivir bajo el efecto del conejo blanco del cuento de Alicia: «Hay prisa, hay prisa, llego tarde». Baste el ejemplo del que viaja en metro sin hora de llegada a destino e inevitablemente termina caminando airoso por pasillos y andenes.
  Sí, somos mortales y quizás el apremio se deba a una necesidad instintiva de no perder los granos de arena del reloj entre los dedos. Lo malo es que esa precipitación constante en las acciones también se da en los pensamientos. Se difumina el matiz, con todo lo que ello supone. Por ir rápido no «malgastamos» tiempo en los pequeños detalles, no reflexionamos con argumentos y concluimos de manera maniquea nuestros juicios. Bueno o malo, sí o no, aceptar o cancelar… Vivimos «tipo test» en una realidad que no se explica ni se puede mejorar con una equis.

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