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Una historia del Calderón

Jose Aguilar

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Esta es tan sólo una historia entre miles, pero es la mía. Este es un pedazo de mi pasado en un escenario a punto de ser leyenda. Estos son los últimos tic tacs en el tiempo del Vicente Calderón. Cincuenta años tiñendo a rayas y poniendo música a un barrio. El telón caerá y la diáspora atlética marchará hacia un estadio llamado Wanda. Allí, se crearán nuevas historias, continuará la de miles, también la mía; seguirá, en definitiva, creciendo la rojiblanca derrochando coraje y corazón.

Esta es tan solo una historia entre miles, pero es la mía. Corrían los ochenta. Mi padre me regaló una camiseta blanca con un escudo redondo coronado. Ese debía ser el camino de mi destino, pero mi abuelo, mi abuelo del Atleti, se metió por medio a base de entradas para el Calderón, una gorra y una bandera a rayas. No sé cuántas pesetas se gastaría; tampoco recuerdo el día exacto, pero sí la sensación de vértigo al salir del vomitorio y ver esa inmensa alfombra verde. Jamás lo he olvidado. Tampoco los cánticos. Cómo tronaba y parecía moverse el suelo. Mi padre a un lado, mi abuelo al otro rodeándome con su brazo… Hacía calor en el primer anfiteatro.

En mi primer partido el Atleti se enfrentaba al Athletic de Bilbao, como en mi último partido en el Calderón. Cómo ha cambiado todo desde entonces… o no. Venció, con la diversión que dan los goles, cuatro a dos a los leones. Pero ese día, en mi corazón, el color rojo venció al blanco del equipo de mi padre y el Atleti ganó un devoto más. Al llegar a casa usé un rotulador para trazar rayas en la camiseta que con tanto amor, tanta intención, me había regalado mi padre.

El próximo domingo se cerrará un círculo cuando el Calderón eche el cierre con otro Atleti-Athletic; también un ciclo en mi vida. Sobre su césped vi por primera vez a Springsteen y a los Stones. Vi un doblete mágico el año en que me asaltó mi otra pasión, la radio. Vi un descenso a segunda el año en que conocí a la mujer que lo iba a cambiar todo. Regresamos a primera y más tarde llegaron los años de bonanza, también la felicidad a mi vida con aquella mujer, pues nos convertimos en padres. Casi vi lo imposible, lo anhelado, la utopía… pero la camiseta blanca del escudo redondo coronado se tomó la revancha y ganó una, otra, otra y otra vez. Nos saquearon, pero no se pudieron llevar lo más importante, aquello que es difícil de explicar porque o se es o no se puede entender.

Hace unos días, mi hija, que don Luis me perdone, pisaba el escudo pintado sobre el césped del Calderón. Estaba emocionada señalando a la vez el de su camiseta. Aún no habla, pero su sonrisa decía mucho. Lo siento, don Luis, sé que ese escudo no se pisa, pero ella tenía que hacerlo. Hay que hacerla nuestra cuanto antes, pues sus abuelos no son del Atleti y ya se sabe lo que ocurre con los abuelos…

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