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La cita-llavero mens sana in corpore sano en origen era empleada en tono de broma. Y puede que fuera más acertada la ironía de antaño, pues desistir de los propósitos es lo que nos diferencia de los animales. Porque solo hay algo más humano y honroso que intentar mejorar: renunciar a hacerlo. Si existiese un universo paralelo en el que las personas, a diferencia de este, no aflojaran en sus empeños de redimirse, puede que fuera perfecto, pero resultaría más aburrido.

Cuerpos bilingües, sin grasa, andando, más allá de febrero, sobre cintas que no llevan a sitio alguno… Si el ser humano no hubiera sido imperfecto, bostezaríamos más, entre otras cosas, porque la literatura, el cine o la música serían un muermo. ¿William Faulkner pariría El ruido y la furia a base de zumitos? ¿Qué sentido tendría una sombra esbelta de Hitchcock? ¿Elvis anciano?

Creadores imperfectos de personajes imperfectos. Ahí están las historias. En los caídos, los débiles, los perdedores. En los que tosen, en los que resbalan. Los despeinados, los magullados, los atormentados. En los devaneos de Anna Karenina. En el saxofón empeñado de Charlie Parker. En el cigarro de Bogart, por Dios bendito.

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