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Dicen los que saben que el ser humano nace con la agresividad incorporada a su mapa genético. Este mecanismo está en todas las personas, en todas. Y dicen los que saben que conviene diferenciar, precisamente por el detalle de que sea innata, la agresividad de la violencia. Si la primera se emplea como mecanismo de defensa, ataque o huida como respuesta a una amenaza (en especial ante el miedo o el hecho de la pérdida de algo que es querido), la violencia (que no es natural, sino aprendida) tiene como objetivo provocar el daño en el otro.

Es probable que en muchas ocasiones concretas la diferencia entre ambas sea tenue. Es probable que otras muchas una solape a la otra. Y es probable que otras tantas la primera degenere en la segunda. Pero lo que sí está claro es que desde la empatía y la distancia, la agresividad como defensa o ataque por lo perdido se justifica, se entiende e incluso puede llegar a celebrarse.

Si la reacción de una persona, tras pasar por el peor de los trances posibles, la mayor de las pérdidas y en las circunstancias más dañinas, es agresiva, sería vista como “lo normal”. Pero cuando la reacción conlleva la calma, la prudencia y el llamamiento al olvido, es la muestra de que existen seres que dan sentido a la palabra humanidad. Quedémonos con esa excepción, que para ensuciar el vocablo ya hay razones a diario, a patadas.

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