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  Tan fabulosos son los que aún soportan el casi extinto soporte sobre el que usted lee estas líneas como lo puedan ser el ave Fénix o un unicornio.
  Podríamos ponernos románticos y decir que, menos el sueño de Phillip Marlowe, aquí nada es eterno, o nos podría condenar la pena por pensar que acabar es prima lejana de la catástrofe, pero ¿quién no quiere un final feliz?
  De hecho, sería bonito recordar el final como un comienzo, solo por la necesidad de crecer y de querer hablar con un amplificador permanente.
  Desaparecieron prácticamente las facturas y la infraestructura necesaria para almacenarlas, y las yemas de los dedos ya no se gastarán buscando entre unas y otras; las revistas que nos gustaba comprar y una gran cantidad de editoriales han mutado un tanto por ciento elevado de su contenido al formato digital, ofreciéndonos a su vez suscripciones a un medio que no existe, pero que está.
  Aunque para ser plural, imagino que los Kleenex no serán digitales y el papel no se morirá del todo.
  Permanecer estático en la celulosa se parecerá a la vanidad.
  Así que hagamos caso y renovemos, para no morir, para crecer en consecuencia y no cejar en la labor que nos acometa en cada momento.
  Quizá la diferencia estribe en que comprar una libreta y un lápiz no es comparable a adquirir un teléfono inteligente, una tableta o un ordenador, pero vamos a no mentirnos: si no tenemos ninguno de esos elementos, ¿cómo escribimos por Whatsapp? Si el papel fuera una persona y tuviera que tener su canción, muy probablemente la acabaría de esta guisa: “El fin fue mirarte a los ojos, y no descubrirme en ellos.”

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