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Sur de Madrid. Este es nuestro paisaje. Cielo azul tirano. Suelo amarillo sed. Días de luz sin interruptor. Noches en cacerola a fuego lento. Qué bonito es el verano… (dícese con la ceja levantada, la tilde de la ironía).

Ese es nuestro paisaje; nosotros, los asqueados del estío, vampiros en la canícula que andamos por la calle sin pisar un centímetro en el que dé el sol. Lagartos procurando moverse lo menos posible. Nosotros, de secano, estatuas de Pompeya, los de tierra adentro; la flama fuera…

Ya está aquí la época del año en la que sin remedio sufrimos la crisis de los cuarenta… Los cuarenta grados en el ambiente. Los cuarenta ladrones en el telediario. Y «los cuarenta principales» atronando con ruidos horteras en las radios de coches con ventanillas bajadas.

Ra-pi-di-to vuela el avión en el que fantaseamos escapar con destino a algún lugar en el que Helsinki quede allá abajo, mientras nos resignamos bebiendo de una jarra helada de cerveza, el paréntesis para seguir odiando fuerte lo (mucho) que queda hasta que llegue san otoño.

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