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Dejadnos sonreír un rato, para luego seguir frunciendo el ceño con las cosas importantes de verdad, esas que suelen ir casi siempre mal en la vida. Dejadnos, que llegamos con cicatrices de otras batallas, de las que aún duelen, pero que recuerdan de dónde venimos. Y de una mudanza obligada, cuestionable, que aún nos tiene algo aturdidos. Y del expolio de un símbolo. Que sí, que no es más que un dibujo, pero resulta que se lleva cerca del corazón. Dejadnos, que llegamos con sensación de estar permanentemente en venta en un mercadillo.

Dejadnos que queramos seguir siendo románticos en un mundo, el del fútbol, que cada vez da más asco. Que seamos poetas entre millonarios. Que sigamos a un loco con acento argentino. Que continuemos creyendo que nunca hay que dejar de creer. Que sigamos repitiendo sus mantras con fe. Que queramos a un equipo sin condiciones, no solo cuando gana ni a cambio de una vitrina llena. Dejad que amemos y cantemos aún más convencidos y con más pasión en la derrota.

Dejad que aplaudamos cuando sobrevuela un ángel de Hortaleza cada tarde o cada noche en cada partido. Que abracemos a un niño gigante que se marcha cumplido un sueño de su infancia, esos que son los que mejor saben. Que sintamos como amigos a un mono o a un profesor chiflado. Que hayamos tenido a nuestro propio principito, al que llamaban bella cuando se juntaba con la bestia. Dejad que el resto de personajes de nuestro cuento continúen con la historia.

Dejad que cada vez prestemos menos atención a soberbias y menosprecios. Dejad que sigamos siendo humanos en una lucha contra extraterrestres y supervillanos.

Dejadnos con nuestras incoherencias, nuestras miserias, nuestros errores. Dejadnos sonreír un rato, encogernos de hombros, saludar con el sombrero y lanzarlo al vacío. Dejadnos ser del Atleti.

Por Mayte Guerrero

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