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¡Qué divertida es la filosofía! Nos hace parecer sabios si le damos vueltas a los conceptos que otros ya dilucidaron y, además, da para hablar de más cosas que del tiempo o la subida de los pimientos rojos.
Te metes en un ascensor y preguntas, mientras te preguntas tú: ¿Qué supone la libertad para ellos?
Si nos ceñimos al pensamiento de Spinoza, los hombres creen ser libres siempre, pero no piensan lo que piensan, ni quieren lo que quieren en muchos casos.
Uno responde que es libre porque su mujer nunca se queja cuando se va al bar. El otro es libre porque va donde quiere cuando el elige. Y el último dice que es libre por una razón que tampoco importa mucho. Alcanzar ese lugar soñado es quimérico en su concepto, como un muro hecho de flores, porque no somos libres para saltarnos una ley y, si nos tomamos la libertad para hacerlo, pues asumimos las consecuencias sí o sí.
Y como los límites se establecen en la libertad de otro, estamos llenos de precintos, ya que andamos más pendientes del velocímetro que del asfalto.
El periódico que usted tiene en las manos es libre en su concepción, es absolutamente libre cuando piensa, cuando dice, cuando señala e incluso cuando atempera. No tiene más dueño que la verdad y acude a la Real Academia Española cuando lee la palabra ‘censura’, ‘imposible’. Pero, sobre todo se pone “bien berraco” (que dirían en Colombia) cuando se duda de ello, pues este medio está del lado de esa libertad que ayuda a conseguir que lo torcido torne a recto.
Lo escribió mejor Ramiro de Maeztu: “La libertad no tiene su valor en sí misma; hay que apreciarla por las cosas que con ella se consiguen”.

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