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Opinión
Una niña visita por primera vez el Museo del Prado. Después de un rato, pregunta a sus padres: «¿Por qué todos los cuadros los pintaron chicos? En mi clase pintamos todos, los niños y las niñas». Los padres le dirán que durante muchos siglos la mayoría de las mujeres solo parían y criaban, llevaban una casa y se comían su talento. Que pocas escribían libros y las que lo hacían firmaban con nombre de varón para no ser condenadas. Le explicarán que en Florencia verá muchas mujeres esculpidas, pero ninguna empuñó un cincel.
  «Eso era antes, ¿verdad? Ahora eso no pasa», dice la niña con alivio. «No, ya no pasa», contestan sus padres. Saben que más adelante deberán contar a su pequeña más verdades. Como que aún hay hombres, incluso adalides de la cultura, que definen a las mujeres por su color de pelo o el tamaño de su pecho.
  Un día, la niña se preguntará por esas obras que se han perdido por alejar del pincel o la pluma a la mitad de la humanidad. Concluirá ella que la historia de las artes es mentira.
  De momento, la niña llega a casa y se pone a tocar su armónica, pensando en lo que moldeará más tarde con su plastilina. Es su manera de ir equilibrando la historia

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