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Abril, el mes que augura las aguas mil, el que fue robado a Sabina, de feria y rebujitos al calor de las reposiciones del cine del Rey de reyes. Abril, sin embargo, se nos antoja hoy manido, rancio, en pleno siglo XXI.Y él, que no tiene la culpa de esta resaca que ha dejado el autobús naranja, lo sufre.

Un Papa, Francisco, trata de poner sentido común en la curia, se hace oír de verdad con frases como “una iglesia pobre y para los pobres”. Denuncia las tropelías sexuales de los miembros de la Iglesia católica, ironiza sobre la doble vida de algunos fieles, deja que la voz de la mujer se oiga en la Santa Sede, se mete en la piel de embajador para mediar entre naciones, enarbola la bandera de la ecología y avala la lucha de los indignados.Sí, el actual dueño de las sandalias del pescador es el hombre que ha pedido la “tolerancia cero” contra los abusos a menores; no juzga a las personas con una orientación sexual distinta porque no es quién para hacerlo, es quien perdona ese “grave pecado” que cometen las mujeres al abortar.

El grito grosero de los ultraconservadores católicos se yergue para enfrentarse -y quitar razón- al hombre que quiere cambiar las cosas. Siglo XXI, todo sigue igual. Lo decía Discépolo en su «Cambalache», “problemático y febril, el que no llora no mama y el que no afana es un gil”. Desde los telediarios se observa la insultante juventud de los católicos que aclaman la doctrina de la verdad tras las vulvas y los penes. Todo suena a aquel milagro obrado por Jesús para alimentar a las masas multiplicando lo poco que tenía.Ojalá no sea el odio el que crezca y la sensatez de un Papa 2.0 no sea envenenada.Ojalá el brillo de las dagas se apague en cada ribera.

El Iceberg

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